Estar en el diccionario no es un sello de aprobación
Muchos zanjamos una discusión sobre una palabra preguntando si «está en el diccionario», como si alguien la hubiera aprobado. Los grandes diccionarios del inglés no funcionan así.
Merriam-Webster, la editorial de diccionarios estadounidense, dice que cuando decide si añade una palabra no hay «ni comité, ni campañas, ni reuniones». Sus editores, como los del Oxford English Dictionary, no deciden qué palabras están permitidas. Deciden si una palabra ya se ha usado lo suficiente como para dejarla por escrito.
Los editores de diccionarios encuentran palabras nuevas leyendo
Casi todos los días, los editores de Merriam-Webster dedican una o dos horas a leer una mezcla amplia de libros, periódicos, revistas y publicaciones en internet. Dentro de la empresa a esto lo llaman «leer y marcar». Buscan palabras nuevas, significados nuevos de palabras viejas y grafías nuevas, y marcan cada hallazgo junto con la frase en que aparece.
Cada pasaje marcado se convierte en una cita, un registro con tres partes : la palabra, la frase en que apareció y el lugar donde se publicó esa frase. La empresa empezó a reunir citas en la década de 1880, y hoy sus archivos guardan unos 17 millones. Uno de sus editores ha contado que antes leían hasta etiquetas de latas de sopa y menús de restaurantes, porque ese es el lenguaje que la gente ve de verdad.
Verla una vez no basta : una palabra necesita años de uso extendido
Una palabra solo entra cuando aparece en un número importante de citas, en publicaciones muy variadas y durante un tiempo considerable. Merriam-Webster puede rechazar una palabra si todas sus citas vienen de una sola fuente, o solo de la prensa especializada de un campo.
Su editor general resume la prueba en uso prolongado, uso extendido y uso con sentido : con el tiempo, muchas publicaciones han usado la palabra para decir lo mismo. Él lo describe como mirar el idioma «por el espejo retrovisor». Cuando el público general encuentra una palabra en el diccionario, a menudo ya es vieja para los especialistas que la acuñaron.
Hay excepciones. En los años ochenta la palabra AIDS, el nombre en inglés del sida, se extendió tan deprisa y estaba tan claro que había llegado para quedarse, que los editores la añadieron sin los años de pruebas habituales. El tamaño también cuenta. Un diccionario más pequeño solo tiene espacio para las palabras más comunes, así que una palabra necesita más pruebas para entrar en él.
Si las pruebas bastan o no es una cuestión de criterio. Lo decide el editor que redacta la definición, y después revisan su decisión editores con más experiencia. Cuando se reedita un diccionario entero, esos mismos editores deciden también qué entradas existentes pueden eliminarse.

El Oxford English Dictionary pone las palabras en observación y espera
El Oxford English Dictionary, conocido como OED y publicado por Oxford University Press, trabaja de forma parecida, pero con más calma. Una palabra candidata entra primero en una «lista de observación». Las propuestas llegan de los programas de lectura del propio diccionario, de llamamientos al público y, cada vez más, de rastreos automáticos de enormes colecciones de textos.
Según la descripción que el propio OED hace de su proceso, una palabra sin pruebas suficientes se queda en la lista de observación y se vuelve a revisar más adelante. Solo una palabra con un uso «suficientemente sostenido y extendido» pasa a un editor, que rastrea su historia en fuentes como hemerotecas de periódicos, foros de internet, textos legales, libros de recetas y redes sociales. La aprobación final la dan el editor jefe y el editor jefe adjunto, y las entradas nuevas se publican en actualizaciones cada tres meses.
El OED se toma su tiempo porque es un diccionario histórico. Aspira a recoger el inglés desde el siglo XI hasta hoy, y cada entrada cuenta la vida de la palabra con citas fechadas. Hace algunos años, uno de sus editores dijo a la revista Smithsonian que el OED «tradicionalmente espera 10 años de pruebas» antes de añadir una palabra, con excepciones como livermorio, un elemento químico que solo existía desde 2012. Fue el comentario de un editor, no una norma publicada. La página actual de criterios del OED no fija ningún plazo de espera, y una entrevista de Oxford University Press señala que algunas palabras están claramente asentadas con menos de diez años. Cada diccionario fija su propio umbral.
Una entrada del diccionario dice que una palabra se usa, no que sea correcta
Como una entrada es un registro del uso, encontrar una palabra en el diccionario no significa que sea de buen estilo ni que sea educada. Merriam-Webster dice que se basa en pruebas para que sus diccionarios puedan «hablar con autoridad sin ser autoritarios».
Muchos diccionarios, entre ellos el de la Real Academia Española del que se habla más abajo, señalan esta diferencia con marcas. Una palabra puede figurar en el diccionario y llevar además una marca, por ejemplo coloquial, despectiva o desusada. La entrada le dice que la gente usa la palabra, y la marca le dice cómo suele recibirse.
La «palabra del año» que anuncian algunas editoriales de diccionarios es otra clase de elección. Merriam-Webster dice que elige su palabra del año entre las que la gente consulta muchísimo en su web, con un aumento brusco respecto al año anterior. Eso mide la curiosidad del público, no los años de uso escrito que necesita una entrada.
La Real Academia Española aprueba las palabras, pero dice que solo las registra
Sobre el papel, el español funciona de otra manera. La Real Academia Española publica el principal diccionario del idioma, y sus cambios pasan por una aprobación formal. Unas comisiones preparan las incorporaciones, supresiones y enmiendas, y el instituto de lexicografía de la Academia reúne las pruebas. Cualquiera puede proponer una palabra mediante un formulario en internet, siempre que aporte pruebas de que se usa.
Como el español se habla en muchos países, las propuestas también se envían a las demás academias de la lengua española, que las revisan y responden aprobándolas o modificándolas. Después, el pleno de la Real Academia Española, o una comisión en la que delega, fija la redacción final. La asociación que reúne a estas academias tiene 23 miembros, pero no todos tienen que respaldar cada cambio.
Aun así, la Academia describe su diccionario de un modo muy parecido al de los editores ingleses. Su libro de estilo explica que el diccionario no inventa ni propone significados, sino que solo los registra, de modo que un significado aparece porque se ha documentado en el uso. Añade que a menudo se toma su diccionario como el diccionario normativo por excelencia, pero que todo diccionario es en gran medida una descripción del uso. La norma se elabora a partir de esa descripción.

La Academia Francesa tardó de 1986 a 2024 en terminar su último diccionario
La Académie française, la academia de la lengua de Francia, va más lejos y es mucho más lenta. Una comisión de sus miembros revisa el texto del diccionario los jueves por la mañana, y el conjunto de los académicos lo examina en sesión los jueves por la tarde. La Academia dice que a ambos los guía el «bon usage», es decir, el buen uso.
Su novena edición empezó en 1986, y el último de sus cuatro volúmenes salió en noviembre de 2024. La anterior se publicó entre 1932 y 1935. La novena edición tiene unas 53.000 palabras, 21.000 de ellas nuevas respecto a la octava.
La Académie está más dispuesta que los diccionarios ingleses a decir qué conviene evitar. Su diccionario incluye más de 300 «observaciones normativas» que advierten a los lectores de construcciones incorrectas. Sin embargo, llama a su obra «un diccionario del uso», y solo admite términos especializados cuando ya han pasado al lenguaje cotidiano. Llegó incluso a respaldar una grafía simplificada de oignon, la palabra francesa para cebolla, y luego la dejó fuera de su propio diccionario porque la nueva grafía no había cuajado.

Entonces, ¿quién decide? Los editores dan el visto bueno, pero la prueba es el uso
Da igual que quien decida sea un editor en Massachusetts, un equipo en Oxford o los académicos de Madrid y París : todos parten de lo mismo, de cómo usa la gente la palabra. El diccionario de Cambridge lo explica igual : sus editores comprueban con qué frecuencia aparece una palabra y en cuántos contextos distintos a lo largo del tiempo. Lo que cambia es quién da el visto bueno, cuántas pruebas se consideran suficientes y si la institución también dice qué considera correcto.
Así que una palabra no está en el diccionario porque a alguien le gustara. Está ahí porque bastante gente la usó, en bastantes sitios y durante bastante tiempo, y los editores de ese diccionario juzgaron que las pruebas eran lo bastante sólidas como para dejarla por escrito.









